Mostrando las entradas con la etiqueta Familia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Familia. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de octubre de 2011

Me gusta cantar...

El cielo es el límite La foto es mía

Cuando era un niño de unos 8 o 9 años, mi padre me dejó usar el "tocadiscos" de la casa, para poner un disco ya ni sé de quién, pero me gustó la idea y aunque yo no tenía discos "míos", ponía algunos con la música que quizá no le gustaba a mi papá, pero que intentaba darnos una buena educación musical: Revueltas, Chopin, Beethoven... entre otros de Luis Alcaraz o de Agustín Lara.

Mis hermanas en ese entonces gustaban de las canciones Rocío Dúrcal o de Pili y Mili (cuando las 3 eran unas muchachitas), o de algunos cantantes mexicanos que no recuerdo bien.

Y mientras tanto, mi madre me enseñaba las primeras notas en la marimba que mi papá le había comprado. Do, Re, Mi (la canción de la película "The sound of music", que aquí se conoció como "La novicia rebelde", que en realidad era un muy mal título en español, cuando "El sonido de la música" pudo ser genial), fue una de las primeras cosas que pude tocar.

En fin que la música ha estado presente siempre, desde que recuerdo, en los buenos momentos y en los malos.

Cuando adolescente, me enamoré en primero de secundaria de Ruth y le compré (no sé con qué dinero), un disco de 45 rpm, de Alberto Cortéz: Te llegará una rosa. A mí, entonces me parecía una canción superior (aunque ahora pienso que no es de sus mejores), y además tuve el propósito de si, regalarle una flor cada día... no una rosa, porque no había de donde sacarlas o con qué comprarlas, pero si cualquier flor, siempre que me dijera que si, que quería ser mi novia.

Nunca me atreví a dárselo, además de que cometí una tontería (que otro día les cuento), por la que dejé de caerle bien, a pesar de los buenos oficios de mi amigo, del que no recuerdo el nombre, pero que hacía de intermediario entre mis deseos y los decires de Ruth.

Me quedé el disco y lo puse una vez en el tocadiscos (ya no era el mismo que en el que aprendí). Mi mamá lo escuchó y creo que le pidió a mi papá que comprara el LP o, quizá, lo compraron mis hermanas. No importa. Cuando estuvo en mi casa, lo puse tantas veces que se rayó pronto... pero me gustó cantar sus canciones.

A mi mamá le emocionaba que cantara tanto. De hecho me podía pasar tardes enteras cantando en la sala, con el volumen bajito del "aparato" y de mi voz, mientras ella veía sus novelas en el "cuarto de coser" y le bajaba a la tele para escucharme.

Por motivos que desconozco, siempre he sido afinado, aunque no tengo una voz potente, entonces, canto, pero quedito.

Pasaron los días, los meses y los años y seguí cantando, cuando estaba en "ambientes controlados", es decir, frente a mi mamá, que me corregía de vez en vez la afinación o la respiración y me decía que no imitara a los cantantes de los discos, sino que "sacara mi propia voz e hiciera mi propio estilo"... pero yo no quería ser un buen cantante. Sólo quería cantar como fuera y disfrutarlo o, medio masoquista, sufrir con las canciones de amores no correspondidos. Y cuando no se podía cantar porque no había letra, me ponía a silbar. O lo que es lo mismo, la idea era que yo pudiera "decir" también lo que estaba escuchando.

En la Uni, cuando estaba solo en el cuartito en el que viví, cantaba y cantaba, mientras escribía las tareas que no requerían mucha concentración o cuando salía rumbo a cualquier parte. Ahora pienso que entonces no me hizo falta ni Walkman (recién salidos entonces al mercado y muy tan caros que ni pensaba en tener uno), ni iPod con 6 mil canciones como ahora, para cantar y cantar, a veces en silencio, en el Metro o en el autobús, haciéndome consciente de la música y letras que sólo estaban en mi cabeza y que no salían de mi boca, pero que sin duda me hacían cantar "para adentro".

Luego, conocí a Oli y cada que íbamos a Cuetzalan en el coche, poníamos casets y nos poníamos a cantar. Aunque cuando ya estaba encarrerado (con el canto, no con el coche), ella se quedaba callada para escucharme, creo que con gusto. Y hasta me iba más despacio para poder cantar más canciones. Cantarle más canciones.

Con todos los consejos que me dio mi madre, aprendí a controlar bastante bien la respiración y en el coche acompañaba a José José, sin mucho demérito de sus largas notas. Me gustaba mucho lograr sus tiempos, sin desafinar.

Cuando nació mi hija, además de los muchos momentos en familia, donde aprendimos a reír juntos y a ser muy muy felices, a pesar de los problemas, me la pasaba cantándole. Desde un juego simplón que hacíamos cuando ella era bebé, "La panza de tambor", hasta horas y horas cantando "Lullaby" de Billi Joel, para que se durmiera, muchos de los recuerdos que tengo de esos días y años, son a través de canciones (de esas que a veces me hacen llorar, también).

Después creció y cuando la llevaba a la primaria, a veces en transporte público, a veces en bici y a veces en coche, muchas veces, cuando no llevábamos prisa por llegar a tiempo, cantaba con ella. Quizá no se acuerde, porque eran canciones que íbamos inventando en el camino o que escuchábamos en la radio, pero era para mí muy emocionante, porque además me hice el propósito de recordar esos momentos, para cuando ella creciera y nos quedáramos Oli y yo, solos en la casa. Y a pesar de que no estuviera, pudiera pensar en ella a través de la música.

No sé qué tanto se debe a todos esos momentos, pero sé que a ella le encanta cantar y escuchar música gran parte del tiempo y que le enseña a sus bebés, mis nietas, a cantar también.

Mucho de mi trabajo lo paso frente a la compu, y la música aquí, como ahora, ha estado siempre presente. Excepto cuando un trabajo requiere mucha concentración, dejo de escuchar "mi" música, que incluye de todo. De hecho, afirmo muy seguido que me gusta todo tipo de música, que no es lo mismo que me guste toda la música.

Baladas, Pop, Jazz, Clásica, Viejitas, Ranchera, en inglés o en español, instrumental o electrónica, lenta o rápida, de películas, de navidad, tristes, alegres, trova...

Total... que me gusta cantar!

Blas Torillo

martes, 12 de mayo de 2009

Mis hermanas.


Las fotos deMis hermanas
son mías


Casi siempre que comienzo un curso y digo mi nombre, explico que no es mi culpa sino de mi abuelo: Le puso Blas a mi papá y éste no tuvo otro hijo varón con quien desquitarse. Aparte del mal chiste, esto tiene que ver con mis hermanas.

Tengo tres y tuve cuatro, pero Amparo ya está con Dios dice mi mamá, así que ahora río y sigo aprendiendo de Josita, Lolis y Mari. Todas mayores que yo (nomás para que conste pues... je).

Y son muchos recuerdos con cada una de ellas o con un par o con las tres que me hacen uno que otro día y sacan de mí una lagrimilla perdida o de plano todo una batería de sonrisas.

Desde luego que también hay malos, de esos cuando nos enojamos o discutimos, pero esos... ¿para qué ponerlos aquí? Mejor algunas mini anécdotas con cada una.

No saben cómo me gustaba que Josita me llevara, saliendo yo de la primaria y ella de la secun o la prepa (no sé), a comer jarochitas, especie de memelitas con salsa de chipotle o salsa verde, acompañadas con su respectiva "Chaparrita de uva", unos refrescos chiquitos y debo entender que muy baratos, en una pequeñísima fonda que estaba frente a la escuela. Era toda una aventura, porque no teníamos mucho dinero y además había que llegar temprano a la casa a comer. Y pues no sé qué nos diría mi madre, pero las dos o tres veces que recuerdo que fuimos, íbamos contentos y sin muchas preocupaciones, al menos yo, presumiendo de ya comer picante (aunque no creo que mucho en realidad). Y luego, si daba tiempo o quizá en lugar de las memelitas, íbamos a tomarnos un tepache, bebida fermentada de piña que, con mucho hielo, nos sabía deliciosa y un "borrachito", un pan remojado en algún vino barato que me gustaba mucho. Por supuesto sin muchas preocupaciones por influenzas o bichitos en el agua, en las memelas o en el pan. Todo esto, seguro fue antes de decidiera que no me gusta el alcohol. En realidad no importaba si nos regañarían o no. Eran tardes en que me sentía muy cercano a mi hermana y aunque no tengo idea de qué platicábamos, seguro eran momentos padres.

En un día de tantos, en que Lolis me llevaba a la primaria, supongo que para entrar antes de las ocho, faltando todavía unas cuatro calles para llegar a la parada del camión, desde donde debíamos correr otras tantas para llegar a la puerta de la escuela, yo sabía que era realmente tarde y estaba ya muy desesperado porque no avanzábamos con la velocidad que me parecía necesaria. Lolis, en un alarde matemático, pero sobre todo psicológico, me tranquilizó de un plumazo cuando me dijo: no te preocupes manito. Para que veas que todavía tenemos tiempo, cuenta hasta trescientos... verás que llegamos antes de que termines.

Cuando uno tiene ocho años, contar hasta trescientos, por supuesto, puede llevarnos la eternidad, así que ni siquiera comencé. Me sentí inmediatamente tranquilo... hasta que bajamos del camión y me dijo: ahora sí mano, ¡a correr lo más rápido que puedas!... ja. Cómo me volvió a la realidad también de un plumazo...

Ya de adultos, el día que murió mi padre, en 1996, al salir a tomar un poco de aire en un pasillo del hospital, sabiendo ya que mi papá había fallecido, Mari se acercó a mí y me dio un abrazo enorme, no por el tiempo, sino por lo que me hizo sentir de lo que es el amor fraterno: Te pido perdón Bacho, por todo el mal que te haya hecho en cualquier momento y forma. Te quiero mucho mano.

Y lloramos juntos abrazados, deseando yo que el cariño que nos mostramos entonces no acabara nunca.

Tengo otros recuerdos en que realmente sólo puedo suponer mi edad; por ejemplo, un día en que mi papá llevó a la casa una bolsita con varios juegos de salón, nada de hasbros o matteles, sino juegos de pobres para pobres (una lotería, una tablero de serpientes y escaleras y otro de La Oca, con unos dados mal hechos y fichitas de plástico imperfectas), las "malvadas" de mis hermanas no me dejaron jugar nada nadita, porque eran "juegos para grandes" que yo no entendería ni sabría jugar y simplemente les agüaría el día. Lloré mucho, como supongo que lloran los niños de 5 o 6 años cuando eso les pasa.

Pero de lo más importante en estos últimos años, quizá sólo unos cuantos antes de que a mi papá se le ocurriera morirse, han sido las reuniones de año nuevo. Las navidades las pasamos, desde que me casé con Oli, en Cuetzalan, por el asunto del regreso a clases y esas cosas comenzando el año, así que las festejos de año nuevo son aquí en Puebla, con mi madre, mis hermanas y sus cada vez más numerosas familias.

Esas noches, como es costumbre de familia, justo cuando cambia el año y todos los demás están comiendo uvas y brindando con gorritos, nosotros rezamos. Así, en familia, juntos y cuando terminamos, vamos a cenar, si no lo hemos hecho antes del momento de oración. Después, cuando ya la mesa está vacía de nosotros, aunque con muchos platillos aún para elegir, nos sentamos y nos decimos algo padre, expresando nuestros deseos y ganas de que nos salgan mejor las cosas que en el año que termina y casi siempre, alguno de nosotros, de mis hermanas y yo, lloramos, aunque los sobrinos y sobrinas, nos hagan burla y así comiencen las bromas y juegos entre todos. Digamos que la segunda mitad de mi vida hasta ahora, los años nuevos han ido mejorando, porque cada vez nos queremos más como hermanos y cada vez nos respetamos más... aunque desde luego, no dejamos de "viborear" cualquier cosa unos de otros, pero siempre con una sonrisa en la boca y el corazón en las manos.

Amo a mis hermanas. A veces no las comprendo o no comparto sus decisiones, pero eso ya no me toca a mí juzgarlo ni criticarlo. Lo que nos une, es más, mucho más importante que nuestras diferencias. Y sé que cuando las necesite, porque así ha sido hasta ahora, seguirán ahí, para escucharme, para aconsejarme (aunque luego no les hago caso), para apoyarme y ayudarme. Y yo también estoy y estaré.

Para eso somos hermanos, ¿que no?

Blas Torillo.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Navidades.


La foto de Tecali
es mía


Tendría unos 5 o 6 años en la última navidad que recuerdo que pasamos en casa de mi abuela Marinita, madre de mi madre.

Ella vivía en Petlalcingo, un pueblito al sur de mi estado, donde había al menos cuatro cosas que recuerdo con claridad: la calle frente a la casa, el enorme atrio de la iglesia enfrente, los patios de atrás donde estaban las vacas de mi tío y la "fruta de horno", unas rosquitas dulces de pan y una galletitas en forma de flor que eran deliciosas.

En esa navidad, de la que seguramente estaré concentrado historias en una sola de las varias navidades que pasamos allá, nos reunimos todos los primos, los hijos de mis tíos Memo, Nacho y Lupita, así como mis hermanas y yo.

De mi tío Memo, que venían desde el norte del país, creo que entonces vivían en Monclova, Coahuila, llegaron mi tía Tulitas, y Memo, Fernando, Lupita, Grisi, Alicia, Glenda y no sé si ya habría nacido Tulitas jr.

De mi tío Nacho, Quena, Nacho, Laura y Beto, éste de mi edad menos tres meses y por supuesto mi tía Lupita Fuentes.

De ahí mismo, Petlalcingo, Petla de cariño, aunque después vivieron en Tabasco y ahora en Tlapacoyan, Veracruz, mis tíos Juan y Lupita Medrano, hermana de mi mamá, pero ellos no tenían hijos aún.

Medio entre nubes, recuerdo una gran mesa barnizada con un color rojizo "vino tinto", en donde cabíamos todos sentados. Era, como digo, grande en verdad. El comedor era algo así como el lugar de las reuniones familiares en pleno, porque sólo se abría en esas fechas. Había cosas ahí que no podíamos ni tocar y desde luego era rápido el regaño si subíamos los pies a las sillas o maltratábamos algún mueble.

Por esas fechas, Beto era como mi hermano. Jugábamos de todo y allá era puro correr y reír. No recuerdo haberme enojado alguna vez con él y desde luego, menos en esa navidad (o navidades, porque ya dije que quizá estoy revolviendo eventos).

Cenamos no sé qué, pero tengo claro que había agua fresca de algún sabor, quizá jamaica, y pastel. ¿Por qué pastel? No tengo idea, pero casi lo puedo saborear.

Después de cenar, ya para dormir, en una sala que estaba al otro lado del patio, casi como cuarto de entrada de la casa, acomodaron muchos petates y sus respectivas colchonetas encima para todos los primos y primas. Esa sala tenía el techo muy alto, sillas de palma bonitas y muy cuidadas, pero creo que eran muy viejas ya y además había en la pared principal una imagen de un Cristo enorme que me daba miedo.

¡Y empezó el relajo!. No sé muy bien ni qué ni quién ni cómo, pero sí recuerdo que nos divertimos como enanos, aventándonos las almohadas y haciendo bromas de las piyamas o del lugar donde vivíamos o de cualquier cosa.

Reímos mucho, jugamos mucho y nos desvelamos "mucho". A las doce y media de la noche, entró mi abuelita Marinita, una mujer dura pero dulce, firme pero tierna, a decirnos que iba a apagar la luz y que debíamos dormir ya.

No sé si le hicimos caso, o si sólo "los grandes" siguieron platicando, pero para mí, esa fue una de las mejores navidades de mi vida. Y miren que han pasado ya algunos añitos desde entonces.

Sagrado lugar, Petlalcingo. De él, en otra ocasión les contaré más cosas.

Mientras tanto: ¡Feliz Navidad (esta también deberá serlo)!

Blas Torillo.

PS. Puse la foto de Tecali, porque me recuerda la barda que rodea el atrio de la iglesia de Petla, aunque no es precisamente igual.

miércoles, 20 de febrero de 2008

En bici.


Tomé la foto de esta Bici
del sitio solo stocks


Hace muchos años ya que mi papá me regaló mi primera bici. Era rodada 24, azul, turismo y sin cualquier cosa extraordinaria.

Tendría unos 10 años y me gustaba salir a dar paseos primero con mis hermanas y luego, algunos años después con mis amigos. Pasaron muchas cosas en las bicis, desde caídas espectaculares que hoy quizá saldrían en mtv, y pintas de la escuela para ir a echar relajo, hasta rondas a la casa de ella… bueno, las casas de ellas, porque durante mucho tiempo sólo tuve este maravilloso vehículo, no el mismo, pero siempre bici, para intentar el amor.

En algún momento de la prepa, mi papá me compró una bici grande, rodada 28, turismo también y con portabultos, adminículo cuya intención no descubrí hasta que un día él necesitó algo de una tienda lejos y pues ahí estaba yo, de mandadero de mi padre.

Me gustaba salir a pasear, ir a la calle donde vivían algunos de mis amigos y verla a ella, o dar vueltas solo, pensando en un millón de cosas sobre el futuro, el cariño, la juventud y desde luego el cansancio. Mojarme bajo aguaceros diluvianos o quemarme la piel al sol sin dejar de avanzar.

Cuando trabajé en la Universidad de las Américas, Puebla, hubo, en algún día previo a la navidad de 1991 un bazar para empleados y ahí vi la que sería mi tercera bici: una benotto de montaña, de las primeras que hubo, misma que compré con mi sueldo, disfruté con todas mis fuerzas y regalé con dolor, hace unos dos años.

En esta bici, roja, negra y amarilla, fue que rompí mis propias marcas. Ya casado, salía con Oli, ella en su bimex, rodada 24 y yo en la mía a conocer lugares que nunca imaginé o a recorrer rutas que hacía tiempo había hecho con mis hermanas, en una ciudad totalmente cambiada. Terminábamos muy cansados pero muy contentos.

En esta bici todavía me tocó llevar a Oli Berenice a la primaria y recogerla a la salida, no porque no hubiera otros medios, sino porque nos gustaba mucho, ella en el portabultos que le puse, cometiendo un sacrilegio para bicis de montaña, y yo pedaleando y enseñándole la ciudad y la vida.

Incluso hubo una temporada larga, cuando estaba al final de mis treintas y principio de mis cuarentas, en que cada quince días, los domingos me iba en bici solo, hasta pueblitos cada vez más lejos de mi casa y cada vez más cerca del Popocatépetl, pueblitos que se llaman Nealtican, San Nicolás y Xalixintla… Los que conocen Puebla, sabrán que son distancias largas y subidas imposibles, pero me las ingeniaba para llegar. Y después de 12 o 13 kilómetros de grandiosas bajadas, que antes había tenido que subir, en las faldas del volcán, regresar, que era lo realmente difícil.

Me gustaba mucho andar en bici. Ahora, el trabajo, los años, las responsabilidad y a veces la flojera me amarran a esta silla donde estoy y escribo esto y no me animo a usar la última bici que compré. Era para Oli Bere, verde, de montaña, rodada 26, pero siempre ha dicho que le queda grande y no la usa. Se me antoja salir de nuevo a dar vueltas por doquier y se me antoja olvidarme un rato de los problemas diarios.

Andar en bici: pasatiempo, pretexto, escape, refugio, disfrute o terapia, siempre me ha sido compañía.

Blas Torillo.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Tabasco inundado. A media noche, ¡emergencia!

Página para buscar gente en los albergues de Tabasco y Veracruz, por nombre y municipio.


Tomé la foto Tabasco 13
del sitio Noticias AOL


Tenía, creo, 7 u 8 años. No sé qué día de la semana era, pero me dormí temprano. En casa de mis papás, las cosas eran más o menos así. Había que prepararse para la escuela al día siguiente y supongo que todo estaba lista para ello, con la ayuda de mi madre o de mis hermanas.

La casa era todavía de un solo piso, y la recámara donde dormían mis padres daba a la calle.

Así, como a la una de la mañana, que entonces para mí era de plano muy noche, tocaron con desesperación en aquella ventana. Era mis primos, que entonces tendrían entre 9 y 14 años de edad, más o menos. Después mi tía también tocó la ventana.

Yo seguía dormido, así que todo esto lo supe (o lo supuse) después.

Resulta que desde hacía unos minutos se escuchaba un fuerte ruido y un fuerte olor a gas LP (licuado de petróleo). A unas doce o quince cuadras de la casa estaba una instalación de PEMEX, la empresa petrolera mexicana y todo indicaba que el gas que se escuchaba escapar provenía de ese lugar. Es difícil imaginar ahora que un escape de gas pueda escucharse a esa distancia, pero desde luego se escuchaba, así que la magnitud del escape debía ser enorme.

Había allí dos de esas grandes esferas para almacenar combustibles y otros depósitos supongo que también de combustibles. El riesgo era grande en caso de que realmente fuese gas LP y además estaban todas las casas en la zona, también con tanques de gas, las instalaciones eléctricas y todo aquello que alimenta una tragedia.

Me despertaron. Mis hermanas estaban realmente asustadas. Mi papá había ido a trabajar al ferrocarril (cuya estación y patios estaban equidistantes de la instalación de PEMEX, pero hacia el otro lado de la casa) y la que estaba a cargo era mi madre. Queríamos salir, pero no sabíamos siquiera a dónde. Sólo teníamos la idea de alejarnos.

En eso llegó mi tío. Estaba borracho. Qué digo borracho. ¡Borrachísimo!, e insistía en que no pasaba nada, que la cosa no era grave, que él nos cuidaría, que para eso era hermano de mi padre.

Me abrazó y aunque todavía no salíamos de la casa, nos urgía hacerlo, y él no me dejaba ni respirar. Su aliento era desastroso, pero lo que realmente me tenía enojado y temeroso, era que el ruido seguía escuchándose y él no dejaba de abrazarme.

- ¡No mi Blasito! No te va a pasar nada. Deja que las viejas se vayan. Yo te cuidaré, no te apures...

Como no sé cómo poner esto con voz ni olor de borracho, no puedo expresarles el miedo y la rabia que me fueron invadiendo.

- ¡Deja a tu mamá! Que ella se vaya si quiere. Yo te cuido...

¡Vaya que estaba asustándome, cada vez más!

De pronto escuchamos pasar una patrulla de la policía, que con el radio o un megáfono y la sirena a ratos, fue despertando a los que aún dormían en el vecindario y pidiéndonos que saliéramos rumbo al zócalo de la ciudad, unas 15 calles más al sur, en dirección contraria al ruido (y a la instalación de PEMEX), confirmando nuestros temores: La cosa era grave, seria y debíamos huir.

Mi tío sin embargo insistió.

Por fin, medio recuerdo eso, no sé si mi madre o mi padre que habría llegado en ese lapso, le gritó:

- Mire (o mira) Rubén. Si usted se quiere (o si te quieres) quedar aquí y morirse (morirte), es su (tu) problema. Yo me llevo a mis hijos.

Y me arrebató de sus brazos.

Susto por un lado y coraje por el otro, tardé muchos años en perderle el rencor a mi tío, que tiene pocos años que murió.

Total, que cuando estábamos saliendo, mi hermana Josefina se acordó (o al menos en ese momento me di cuenta), de su gato. Y se puso a buscarlo. No recuerdo si lo encontró o no, pero al final salimos de la casa. No éramos sólo nosotros. Todos los vecinos, mis primos y tía incluidos, llevábamos algunas cosas cargando, esencialmente ropa de abrigo y algunos documentos, pero nada más.

El ruido seguía escuchándose. El olor a gas continuaba. El tío Rubén se quedó en su casa, angustiando de más a mis primos y a mi tía. No había servicio de transporte público y comenzamos a caminar hasta que alguien nos dio un aventón y como a las dos de la mañana llegamos al centro. Ya no se escuchaba el escape, pero si podíamos aún oler el gas.

Estuvimos ahí hasta las tres o cuatro de la mañana, creo, muriéndonos de sueño y frío, hasta que pasó la policía diciendo que podíamos regresar a nuestras casas.

Después supimos que el gas se transportaba en un tubo que estaba dentro de otro tubo con agua. Que por alguna razón el gas se había calentado de más y había hecho que el agua del tubo de control hirviera y ese era el gas que se escuchaba escapando. Peligroso de todos modos.

También supimos que si hubiera habido una explosión, mi casa y las de los vecinos no habrían quedado incólumes, adelantándose a la tragedia de San Juanico.

Nunca me lo creí del todo, pero estuve emocionado unos días porque había podido leer la noticia (medio lento pues), en el periódico de esa tarde, La voz de Puebla (mismo que por cierto, acaba de cerrar sus puertas después de tantos años).

¿Consecuencias? Pues la desvelada. Creo que no fui a la escuela ese día y, estoy casi seguro que desde esa noche decidí inconscientemente, que no me gusta el alcohol, así que soy abstemio total. Algo bueno salió pues, de esta la primera emergencia que viví.

Blas Torillo.

sábado, 18 de agosto de 2007

Abrumado estoy (Actualización al 15 de septiembre).

Les cuento cómo va la cosa más o menos.

De Oli, pues está mejor. Ya no tiene moretones y los raspones sanaron y aunque al dormir aún tiene un poco de molestias, ha regresado a trabajar y, como siempre, lo hace muy bien.

De la jovencita. No sabemos mucho, excepto que el médico legista debe haber cometido un error de diagnóstico (¡que bien que no es el médico tratante!), porque a ella la han operado cuatro veces ya y no sólo de la clavícula. No sabemos bien de qué pero hasta ahí de su estado de salud. Lo malo para ella es que resulta que es corresponsable del accidente, dado que a 10 metros del lugar donde la atropellaron hay un puente peatonal y ella cruzaba por el arrollo vehicular. A ver qué resulta de eso.

Del fulano. Salió en libertad bajo fianza, lo que quiere decir que tiene que regresar a firmar cada ocho días para demostrar que sigue en Puebla, pero anda libre. La fianza que depositó apenas alcanzaría para nuestros gastos, sin cubrir los de la joven, que seguramente son más altos, así que quién sabe qué pasará por ahí. Nuestro abogado está haciendo lo mejor que puede (no tengo duda de ello, porque es mi sobrino), pero los procesos son lentos. Demasiado lentos para mi gusto.

No hemos podido recuperar el coche, y ahí no sabemos la razón. Tenemos todos los documentos necesarios, pero no nos dejan sacarlo del corralón (encierro), así que seguimos. He usado ya algunas influencias, cosa que no me gusta, pero era necesario. Ahora a ver qué pasa con eso...

Y lo más importante. Nuestro estado de ánimo.

Vamos mejorando. El estrés que nos causó el accidente ha ido cediendo (aunque el que nos provocan los problemas normales ahí sigue... jejeje), y vamos entendiendo que esto ha sido una bendición y una lección.

Habrá que asumir las dos con inteligencia y humildad.

Gracias de nuevo a todos y a todas. A los que han comentado, dicho y solidarizádose en los otros blogs y en éste y creánme que estamos muy agradecidos. La vida deberá recompensarlos de algún modo.

Les dejo un abrazo fuerte a todos y un beso largo a todas.

¡GRACIAS!


PS. Perdón por no haber contestado cada uno de los comentarios de este y los demás posts de cada blog. Algunos supieron que me quedé sin internet casi 15 días y mi trabajo tiene mucho que ver con eso, así que nomás me he dedicado a reponer el trabajo. De todos modos, he leído todos los comentarios de todas las entradas de todos los blogs. Gracias de nuevo.
_____

Han sido tantas muestras de cariño, de solidaridad, de amistad, que abrumado estoy y contento.

Gracias a todos y todas, por venir, por decir, por sentir y por pensar acerca de lo que nos pasó.

Esto de los blogs y sus autores, se pone cada vez mejor ¿no creen?

Es como una familiota, que medio lejana o medio cercana, siempre está ahí. Leyendo-estando y aprendiendo a ser mejores.

Gracias. En verdad gracias.

Les cuento que Oli está muy recuperada. Le duelen todavía sus golpes y le dan comezón sus heridas, pero eso quiere decir que está mejorando.

La niña atropellada no ha dado noticias, así que suponemos que está mejor y que por alguna razón no quisieron levantar la denuncia correspondiente. Queremos pensar que se está recuperando, porque si no, ya nos habrían llamado a testificar en su querella.

El sujeto salió libre bajo fianza y seguimos en el asunto. A ver cuándo y cómo se resuelve.

Bueno ya. Gracias de nuevo. En verdad.

Blas.

domingo, 12 de agosto de 2007

Nosotros.


La foto de Nosotros
Nos la tomó un amigo, pero es mía.
En cada uno de mis blogs hay un comentario
distinto sobre el accidente, al final de la entrada


Ayer sábado 11 de agosto a las 13:30 horas, un estúpido irresponsable atropelló con su auto a Oli, mi esposa. Ella está toda golpeada y con muchos raspones, le duelen muchas partes del cuerpo, pero en lo que cabe, está bien, aunque deberán hacerle más estudios todavía.

A mí, este joven criminal de 23 años, me produjo algunos golpes y raspones menores, pero la peor librada fue una joven de unos 14 años, aproximadamente la edad de mi hija, a quien proyectó a unos 15 metros de distancia y que en un principio pensamos que iba a morir. No fue así, pero sigue grave.

El sujeto iba “conduciendo” su auto compacto a 120 kilómetros por hora, en una avenida urbana, en tercer grado de alcoholismo (de tres grados en total), y cuando salimos del ministerio público, a las 20:30, todavía seguía bajo los efectos de su tremenda borrachera.

Su madre me pidió perdón muchas veces durante toda la tarde y hubo alguien que me dijo que el sujeto era un hijo de la chingada. No. El irresponsable en el accidente, al conducir en ese estado, es sin embargo responsable completo y absoluto de la concreción del accidente. No. Su madre no tuvo nada que ver.

Si al final de cuentas el sujeto sale libre, bajo fianza o como inocente, comprobaré una vez más que las leyes no se cumplen más que para unos cuantos. Si al final queda en la cárcel el tiempo que determine un juez, tampoco quedaré conforme.

Ayer en la noche, entre que no podía dormir y las necesidades que fue teniendo Oli, pensé mucho en si debería escribir esto o no.

Lo hago, porque de nada sirve que yo siga diciendo para mí que el alcohol mata (no sólo a quien lo bebe, sino a quienes pueden cruzarse en su camino), sino para decirlo a todos.

Ayer, nuevamente, como les cuento en la penúltima entrada de este mismo blog, tuve que pensar en todas las cosas que se piensan cuando la muerte nos hace saber que está ahí, esperando nomás.

Ayer, decidí que no pararé de decir a los cuatro vientos dos cosas: Amo a mis Olis y El alcohol mata.
_____

Estábamos esperando que Oli Berenice terminara su trámite de inscripción a la preparatoria. En verdad que el orgullo y la alegría que nos produjo que terminara la secundaria como lo hizo, me habían sido un bálsamo en el mar de problemas que tenemos. Siempre quise, desde que mi secundaria y preparatoria me parecieron la puerta de mis primeros fracasos, que mis hijos, cuando los tuviera, fuesen más inteligentes que yo y supieran hacer un poco más que decorosamente estos niveles de la educación formal.

Oli Bere lo hizo brillantemente. Y ahora que estábamos por terminar su trámite para la prepa, fuimos mi suegra, Oli mi esposa y yo, a acompañarla a ella y a sus amigas Zaira y Ericka, que por fortuna también entraron a la misma escuela, a las instalaciones de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla donde se dispusieron los procedimientos para hacerlo.

Entraron las chicas y nosotros quedamos afuera, esperando. Llevamos los dos coches porque de ahí, yo regresaba con las muchachas a la casa y Oli y su mamá irían de compras. Sin embargo, en la espera estuvimos cerca del coche de Oli, estacionado a la orilla de la calle, con el lado del conductor dando hacia el arroyo vehicular. Doña Alicia estaba en el asiento del copiloto y nosotros en la banqueta. Después de un tiempo, le dije a Oli que mejor entráramos al auto, porque amenazaba lluvia y dijo que sí, pero que primero iría a comprar una tarjeta para agregarle credito a su teléfono celular (el móvil).

Compré unas papas fritas (chips) y me subí al asiento del piloto, esperando el regreso de Oli. Le ofrecí un bocado a mi suegra quien dijo que no y en eso estábamos cuando vi a Oli parada a un lado de mi puerta, a punto de abrirla. Me adelanté un poco para salir y que ella se quedara en su asiento y yo me pasara al de atrás, cuando oímos el breve, brevísimo chillido de las llantas al frenar, un golpe, vi un cuerpo volando encima de Oli, la cara de ella llenándose de espanto y luego el golpe en pleno arrancando la puerta de nuestro auto, con Oli enmedio.

El momento se me hace eterno. El culpable hace un giro violento para regresar al carril pasando a centímetros de ella; Oli cayéndose a un lado de la llanta de nuestro auto, golpeándose la cabeza en el piso, llena ya de golpes por el atropellamiento, yo jalando de su pantalón para que no caiga y queriendo salir del coche, dándome cuenta medio entre nubes que ya no hay puerta que lo impida; bajándome de inmediato, en medio un montón de papas volando, para ver qué tenía, si estaba consciente, alerta o si, por el contrario, había perdido el sentido.

Mi suegra gritó de desesperación y se bajó del coche por la otra puerta y, ahora lo sé, recordó vivamente la muerte de uno de sus hijos, Luis, mi cuñado, en el año 2000, también en un accidente de auto.

Oli me miró a los ojos, llenitos de miedo y de dolor, de espanto y necesidad. La dije que no se moviera y comencé a buscar en mi teléfono a quién hablarle. No pensé de inmediato en el número de emergencias y no sabía a quién llamar. No acertaba a pulsar los botones con la mínima cordura, hasta que salió un número: Mi cuñado Erwin, esposo de mi hermana Marina. Le llamé y le dije: atropellaron a Oli... a Oli grande; estoy frente al Polideportivo de la BUAP con dirección a Valsequillo y colgué.

Depués de ver que Oli estaba consciente, corrí al lado del primer cuerpo golpeado, el que vi volar. Era una señorita de unos 14 años, con la mirada totalmente perdida, en sus ojitos abiertos, idos, mirando el vacío. Pensé que habría muerto. Alguien lo gritó. Le pasé la mano frente a los ojos y entonces reaccionó. No la toqué. Sólo pasé la mano como cuando un amigo quiere saber si vemos teniendo una venda en los ojos y nos pasa la mano enfrente.

Reaccionó y grité ¡está viva!, ¿ya llamaron a los servicios de emergencia?, a quien quisiera contestarme. De pronto al voltear para regresar con Oli, vi a la mamá de esta niña que al darse cuenta de que era su hija la que está tirada a media calle, reaccionó voltéandose violentamente, gritando de dolor y espanto, negándose a ver. La jalé, quizá bruscamente, y le dije: Su hija está viva y la necesita tranquila. Usted va a tomar decisiones importantes. Tranquilícese. Y corrí donde Oli.

La ambulancia no llegaba, así que por primera vez, quizá tres minutos después del golpe, hablé al 060, para pedir ayuda: "Esta llamada será grabada. Hemos identificado su teléfono" o algo así, y luego una señorita:

- Emergencias. Dígame en qué puedo ayudarle.
- Atropellaron a mi esposa. Estamos aquí y aquí...
- Ok. Ya tenemos el dato. La ambulancia va para allá.
- Oiga. Son dos lesionados. Mi esposa y una niña.
- ¿Dos? Van para allá dos ambulancias. Tranquilícese.

Y entonces comprendí que lo que le dije a la mamá de la niña, era lo mismo que debía hacer.

Cuando terminé la llamada vi a Oli ya en la banqueta, recostada, muy pálida, con la ropa hecha jirones, sin zapatos, respirando muy rápido. Le tomé el pulso y quise saber que estaba estable, pero en tres segundos no se toma el pulso. No pude hacerlo. Mi suegra por su parte estaba pálida al punto del desmayo. Pero es una mujer fuerte que sabe enfrentar estas cosas y resistió.

Me volví a Oli y entonces pensé en el estúpido que provocó todo esto.

No sé de dónde, apareció una patrulla de tránsito y el policía me preguntó qué había pasado. Alguien le acercó un papel con los datos de las placas del culpable y, con más polícías cada vez en distintas patrullas, éste primero se dio a la persecución del irresponsable.

Mientras tanto, los demás autos en la calle, desde luego alentaron su velocidad, pero al quedar sólo un carril, también sus conductores evidenciaron su morbo. Lentamente, más lentamente de lo necesario, iban viendo uno a uno el lado izquierdo de nuestro coche, desecho, a la niña en el piso y apenas alcanzaban a ver a Oli que estaba oculta también por el coche nuestro.

Llegó la ambulancia y le pedí que atendieran primero a la niña. Estaba obviamente más grave que Oli y yo sé que estas decisiones son duras, pero son de vida o muerte. Esperaba que llegara pronto la segunda ambulancia.

Pero no llegaba. Cuando estabilizaron a la niña, le pedí a uno de los paramédicos que revisara a Oli. Lo hizo. Le insistieron en lo mismo que le había dicho antes: no se mueva para nada, y se fueron con la niña y su madre destino al hospital.

Pasaron más minutos, quizá unos 5 o 6 y entonces me acordé de mi hija. Ella estaba dentro de la instalación de la Universidad y no sabía nada. Le hablé. Le pregunté cómo iba todo y me dijo que estaban sentadas esperando y que no habían hecho nada aún. Le dije que estaba bien, que se tranquilizara y, desde luego por el tono de mi voz, lo último que alcanzó a decir fue: Si pá, pero ¿que onda?... no como pregunta para mí, sino para ella, como diciendo, ¿qué le pasa a mi padre?

Volví a ver a Oli y seguía tirada. Empezó a llover, la ambulancia no llegaba y nomás veía yo cada vez más patrullas de la policía de tránsito.

Uno de ellos me preguntó:

- ¿Usted es familiar de algún herido?
- Si. Ella es mi esposa, y señalé a Oli.
- No se preocupe. Ya detuvimos al culpable. Lo llevan ahora a la delegación.
- ¿Y qué debo hacer?
- Cuando termine de atender a su esposa, debe ir a la delegación a presentar su denuncia de hechos y levantar la querella contra el culpable.
- ¿A cuál delegación?
- A la que está aquí adelante, junto a los Bomberos.
- Gracias, acerté a decir y nada más.

Regresé con Oli y le pregunté cómo seguía. La vi un poco más tranquila, despierta, consciente. Y mi suegra ya había recogido las cosas de valor que vio dentro del coche. Pero la ambulancia no llegaba. Volví a hablar al 060 y le dije creo que a la misma señorita:

- Oiga, del accidente frente al Polideportivo, sólo llegó una ambulancia y mi esposa sigue sin atención.
- ¿No ha llegado la segunda ambulancia?
- No señorita, y perdone si soy rudo, pero si hubiera llegado, ¿le estaría hablando de nuevo?
- Ahora mismo le envío otra unidad. No se preocupe. Tranquilícese señor. Su esposa va a estar bien. Su nombre es Blas Torillo, ¿verdad?
- Si señorita. Yo le hablé antes.
- Gracias. No se apure. Van para allá.

En ese momento decidí que la ambulancia, cuando llegara, llevaría a Oli al hospital donde nació Oli Bere, aquel que les cuento en la entrada de abajo. La razón es que ahí es donde le dan servicio médico a los trabajadores del estado y Oli es derecho-habiente. Ahora sé que ella había tomado esa decisión casi desde el principio.

Por fin, a lo lejos, unos 10 o 12 minutos después del accidente, se vieron las luces de la ambulancia que venía, decididamente por Oli. Los coches de los mirones iban tan lento como su morbo les indicaba y cuando al final pudo pasar la ambulancia se detuvo muy cerca de Oli, tirada en la banqueta. Los paramédicos le pusieron un collarín y la subieron a una camilla rígida. Después de que la aseguraron debidamente, le pregunté si los papeles del seguro estaban en el coche. Me dijo si, la subieron y mi suegra se fue con ella.

¡Claro! Había que llamar al seguro. A buscar los datos en el coche. Por fin, en un mar de papeles desordenados por mí en ese momento, encontré el libro de ajustadores y llamé. Mi teléfono no enlazó y un hombre de unos 35 años, que apareció de no sé dónde me dijo, si quiere hablamos desde allí. Dije si y entramos a una tienda a unos 5 metros del lugar de donde estaba el coche. Nos prestaron el teléfono muy amablemente, llamé a la aseguradora, me contestaron y les di mis datos. Luego el hombre, me dijo, "vaya con su esposa; yo me encargo". Y él terminó la llamada (Gracias, como quiera que te llames).

De vuelta en la calle, con el coche completamente dañado del lado izquierdo, y a un lado de algún jefe de tránsito que preguntaba cosas, el hombre de la llamada se me acercó y me dijo:

- Dicen en el seguro que ya terminó su vigencia y no se renovó. Que nada pueden hacer.

El jefe, que resultó ser perito de tránsito me preguntó qué había visto, si yo era testigo y le conté lo que acabo de escribir. Él hizo sus anotaciones, y comenzó a preguntarle a otras personas.

Entonces llegaron mi cuñado Erwin y mi hermana Marina. Me preguntaron que en qué ayudaban. Le pedí a Mari que esperara a las muchachas, que no sabía cuánto tardarían pero que suponían que nosotros estaríamos esperándolas, y a mi cuñado le pedí que me acompañara a la delegación. En cuanto subieron el coche de Oli a la grúa-plataforma, nos pusimos en camino y entonces, a bordo de mi propio auto, sólo entonces empezó mi verdadera angustia y lloré.

Blas Torillo.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Olivia Berenice.


La foto de Oli y Oli 2
es mía


Había sido una semana de locos. Entre el trabajo y algunas pequeñas complicaciones del embarazo de Oli, las cosas se veían difíciles al final de esta etapa de mi vida. En la empresa las cosas no marchaban bien (¿quién dice que en la vida las cosas no se repiten?), y ya habíamos decidido que cuando llegara el momento del parto, iríamos al servicio médico que le dan a Oli en su trabajo.

Para eso faltaban aún casi dos meses. Mientras, nos invitaron a la fiesta de uno de mis sobrinos en la Ciudad de México y para allá partimos. Cuando llegamos, Oli estaba muy hinchada. Los pies no le cabían en los zapatos y se sentía un poco mal. Pero disfrutamos de la fiesta. Incluso hubo una función de teatro con actores vistiendo enormes botargas, que contaron un cuento padre y nos hicieron reír mucho.

Finalmente llegó la hora de regresar y volvimos a nuestra casa en Puebla ya muy noche. Dos días después, Oli se sintió peor y decidimos ir temprano en la mañana, al consultorio del ginecólogo que la estaba tratando.

Alfonso Salmón, el doctor, después de revisarla le ordenó que regresáramos a casa y que guardara reposo absoluto. Absoluto, insistió.

Así lo hicimos y me quedé a cuidarla con más preocupación cada vez. Oli se hinchaba cada día más y el miércoles, llamamos a Alfonso para que viniera a verla. Mientras llegaba, ella se acomodó algunas almohadas para sentarse en la cama y poder hacer algo que no recuerdo que fue.

Cuando Alfonso llegó, nos regañó por esto último: Reposo absoluto les dije. Ni siquiera se puede sentar. Tiene pre-eclampsia, cosa que no entendimos y menos cuando nos dijo, bueno, toxemia.

Las palabrejas me sonaron a cosa grave, cualquiera de las dos, aunque fueran lo mismo.

Además de darle su medicina en las horas indicadas, me pidió que le tomara la temperatura y que midiera su presión arterial cada hora, a menos que se sintiera mareada o demasiado débil o que vomitara o cualquier cosa aún más extraordinaria, porque entonces deberíamos hacer todo eso y llamarle de inmediato.

Pues si. Nos asustamos. Pasaron los días y la cosa medio se estabilizó, si no contamos que a ella le dolía mucho la cabeza, se hinchaba a veces más de lo que ya estaba y a veces la bajaba o le subía la presión hasta poquito antes de las marcas que indicarían una urgencia.

Oli y yo nos habíamos casado cuatro años antes y aunque habíamos buscado tener un hijo desde que teníamos más o menos un año juntos, no se había podido. Cuando siete meses antes de esa semana crítica en el hospital nos habían confirmado que estábamos embarazados (digo… el día que nos casamos nos dijeron que ya éramos uno, así que los dos lo estábamos), nos emocionamos mucho. Qué digo mucho… ¡Muchísimo! ¡Íbamos a ser papás! y la vida entonces nos pareció más linda que nunca antes.

El embarazo fue normal, hasta esa semana, fuera de algunos dolorcillos de vez en vez y de las molestias de la creciente panza con nuestro hijo dentro.

El lunes teníamos cita en el hospital y cuando salimos, muy temprano, para allá, la cosa se puso peor. Cualquier movimiento provocaba que Oli se mareara o que se sintiera peor aún y estaba hinchadísima.

Llegamos y cuando pasamos a la consulta, le contamos al doctor que la atendía allí todo lo que había pasado en la semana que terminó y cómo fue que vivimos esos días. El doctor ya no la dejó salir. La mandó a urgencias.

Hice el trámite de la hospitalización, pensando aún que quizá ella podría estar unos días allí, aunque todo indicaba que nuestro bebé nacería antes de los nueve meses. Después fui por ropa a la casa, además de las cosas que se me ocurrieron para poder atenderla, arreglé algún asunto del trabajo, le hablé a mis suegros a Cuetzalan para informales y a mis papás a su casa por lo mismo. Al empezar la tarde me fui al hospital y me informaron que ya no estaba en urgencias, sino que la habían llevado a tococirugía, nueva palabreja que, me explicaron, quería decir que ella estaba rodeada de mamás a punto de tener a sus hijitos, entre puro especialista y atendida permanentemente y que no había de qué preocuparse.

Fui a comer una torta (un emparedado, para explicarme a los amigos de otros países), del puesto frente al hospital, compré algo para comer en la noche y me regresé a la que fue mi posta hasta el día siguiente: el descanso de la escalera frente a tococirugía. Más tarde llegaron mis suegros que se quedaron en algún piso de abajo.

Como a las diez de la noche, salió un enfermero de la sala y le pregunté por Oli.

- ¿La señora con pre-eclampsia?
- Supongo que sí, si es la única con eso.
- Está delicada, pero no se apure. La estamos checando cada 15 minutos.

¡Cada quince minutos! ¿Delicada? A mí me pareció realmente grave. ¿A quién que no esté en peligro lo checan cada 15 minutos?

Pasé una de las peores noches de mi vida.

Entre la angustia de no saber, porque nadie me explicaba nada desde el enfermero aquel; la esperanza de un bebé por llegar; los pensamientos más oscuros que se puedan imaginar respecto de la vida y la muerte, de la soledad o la responsabilidad; una tristeza que a veces se licuaba en mis ojos como si fuera el mar; recuerdos de siete años y medio desde que la conocí, hasta que ya no me dejaron verla ese día; solo, en medio de un hospital frío, con no más ruidos que los gritos de algunas enfermas ahí y en otras salas, pensando en que en cualquier momento me irían a sacar del área, muriéndome de frío, porque por descuido había tomado sólo un mínimo suéter, sentado en el piso, en la escalera, caminando, buscando un baño porque en las escaleras no los hay; yendo de un lado a otro; soñando en un futuro que ahora se veía difícil, pensando en las decisiones que dicen en las novelas que se deben tomar, comiendo una torta fría y un refresco, cayéndome de sueño en la madrugada, pero no dejándome dormir yo mismo.

Viendo el amanecer y cómo es lento el sol desde que se anuncia con un mínimo violeta sobre el negro de la noche, hasta que se desprende del horizonte y vuela, pensando en Oli nomás, llegó la mañana y no había noticia alguna.

Encontré temprano a mis suegros y les dije lo mismo que les acababa de decir a mis papás por teléfono y que era lo mismo que me habían dicho nueve horas antes: está delicada, pero está en constante observación.

Mi suegra me dijo que me fuera a bañar y a dormir un rato. Que ellos estarían al pendiente de la situación y les hice caso.

Llegué a la casa como a las ocho. Me bañé, tomé algo de desayuno y me dormí. Mal, pero dormí.

A las diez y media salí hacia el hospital de nuevo. Busqué a mis suegros y me dijeron que alguien les informó que habían decidido hacerle una cesárea, que habían visto entrar al doctor Cuecuecha, que había atendido a Oli en las primeras etapas del embarazo, pero que no sabían más.

A esperar de nuevo.

Así, a las once y cuarenta y cinco de la mañana del 10 de diciembre de 1991, salió de tococirugía el doctor Cuecuecha, algo les dijo a mis suegros y luego me apartó a un lado para decirme:

- Estuvieron muy delicados los dos. Por poco se nos van.
- Pero ¿están bien ahora doctor?
- Si. Ya pasó el peligro, pero por poco se nos van.
- Oiga doctor ¿y el bebé es niño o niña?

Con los ojos muy abiertos, me dijo:

- ¡Caramba! ¡No sé! Habrá que preguntarle al pediatra, porque por estar atendiendo a su esposa, no me fijé. Pero están bien ahora. Descanse.

Luego supimos que la hora oficial del nacimiento fue a las once y media de la mañana y que el bebé había pesado muy poquito, menos de dos kilos, que nació a los siete meses y medio y que debería llamarse como su mamá y yo acordamos unos tres años antes:

- Si es niña, se llamará Olivia Berenice.

Blas Torillo.

martes, 19 de junio de 2007

Mi primer libro completo.


La foto de la Enciclopedia estudiantil
la tomé del sitio Mercado libre.


Quería leer. Estaba en tercero de jardín de niños y me escocían las ganas por leer. Un día, la maestra nos preguntó quiénes ya leíamos y yo, todo orondo, levanté la mano.

Nos pusieron en fila y nos fueron pidiendo uno por uno leer algo. Cuando llegó mi turno, después del de Martha, no supe leer lo que me pusieron enfrente.

- ¿Pues no que sí sabías leer?, me dijo la maestra.
- Es que ese no es mi nombre. Yo leo, pero mi nombre.

Por esos días en mi casa se leía el Memín Pinguín (así, sin diéresis, porque viene de pingo, travieso, aunque luego porque la costumbre se hace ley, le pusieron la diéresis).

Cada ocho días mi papá llevaba la revistita y yo como que la leía. Con uno de tantos ejemplares, mi hermana Josita me dio quizá su primera clase. Al verme con la revista en la mano, me dijo:

- Ven. Te lo leo…

No recuerdo ahora qué decía pero me lo aprendí de memoria, al menos las primeras páginas y entonces, cada semana tenía el asunto resuelto. Cada número nuevo decía al principio lo mismo que me había leído mi hermana. Así, hasta que se volvió aburrido porque la historia no cambiaba, aunque los dibujitos sí.

Quería leer. Y llegué a primero de primaria. Sin hacer un argumento sobre lo que hoy se enseña o no en preescolar y en primaria, ese año, 1967, comencé en verdad a aprender. Poco a poco empecé a devorar desde los letreritos más pequeños de las medicinas de mi madre, hasta los encabezados del periódico, pasando por los letreros de las tiendas en la calle, los recados en el pizarrón de la escuela, el Selecciones de mi mamá y, desde luego, los libros de la escuela…

Desde el ácido acetilsalicílico, hasta el clásico “Ese oso se asea”, al menos para mi generación. Pero no me bastaba. Me di cuenta que leer era aprender y aprender era saber y saber era la cosa más padre que había sentido hasta entonces.

Por fin, en segundo de primaria, mis papás consintieron y un día llegó él con el primer fascículo (aprendí ese día cómo se llamaban) de una a partir de entonces muy famosa “Enciclopedia estudiantil”. En tres o cuatro días, lo leí todo.

La siguiente semana lo mismo, y así por casi dos años. Todos los tomos. Leídos completos, desde que llegaba el folletín de esa semana. Aprendí un montón de cosas que seguro ahora no recuerdo, pero me sirvieron para, por ejemplo, hacer las tareas más rápido que mis amigos y apantallar a mis primos, que era en lo único en lo que los superaba (ellos o tenían más dinero, o se creían mejores, o eran más atléticos, más altos o tenían más amigos... o al menos eso decían).

Ahora que el tiempo ha pasado, puedo decir con mucho orgullo que el primer libro grande no escolar que leí completo fue la Enciclopedia estudiantil, en fascículos coleccionables. No sé si me la aventaría otra vez…

Blas Torillo.